Hace
unos días mantuve una discusión (entendiendo el término en un intercambio de
diferentes posturas, completamente respetuoso y nada agresivo) en Twitter.
Descubrí en ese instante lo incómodo que es Twitter para ese tipo de cosas,
pero no es de eso de lo que quiero hablar, sino, precisamente, del motivo de la
discusión en sí mismo.
Y la
discusión dio comienzo cuando alguien me comentó que el artículo decía que se ““amenaza
a los pequeños creadores" ¿Cuándo han podido vivir los 'pequeños
creadores' de las ventas de sus libros?”
Independientemente
de que el artículo no se refería en concreto a los escritores, la discusión
giró en torno al futuro del escritor.

Vivimos
en la cultura de “lo quiero todo y lo quiero ya”. Y con la vida del escritor
ocurre lo mismo: la gente quiere poner a la venta su primera obra y poder dejar
todos sus otros quehaceres y convertirse en escritores profesionales que puedan
vivir de lo que escriben. El mundo quiere que vayamos a lo fácil y crea esos
clichés: el del autor que con su primer libro pega el bombazo y se forra. Y hay
ejemplos de algunos que los consiguen. Aquí es cuando se suele citar a gente
como Falconès, por ejemplo. Pero Falconès no llegó y pegó. Falconès fue a
estudiar, a aprender cómo escribir un libro, y por lo que cuentan luego se
trabajó muchísimo en el texto original hasta llegar a lo que conocemos como La
Catedral del Mar. Pero no, lo queremos todo, y lo queremos ya. Y olvidamos que
el trabajo del escritor es, siempre ha sido, un trabajo de años, en los que
debemos aprender a dar forma a nuestras historias primero e ir haciéndonos un
hueco en el mercado después, ir ganando lectores poco a poco, y sin dar pasos
en falso que nos hagan desandar lo andado.
Se
comentaba en aquella conversación que el futuro del escritor profesional pasa
por empezar regalando, o casi, sus trabajos. Pero eso es una contradicción
total. ¿Cómo vas a ser profesional si no cobras lo que merece tu trabajo? Y
entonces se cae en otro cliché: al escritor que empieza no le debe preocupar la
piratería.
Estoy
de acuerdo: no debe preocuparle, ¡debe aterrarle! Se esgrime el argumento de
que como no lo conoce nadie y va a vender poco, el hecho de que lo pirateen
facilita que llegue a los lectores, que podrán reconocerlo en futuros libros
publicados. Y eso es cierto, habrá más gente que tenga sus libros, que tal vez
los lean y a los que tal vez les suene el nombre. Pero, ¿de qué le servirá,
tanto al autor como al lector, cuando, viendo las pocas ventas que haya tenido,
la editorial cierre la puerta a futuras publicaciones? 2 de cada 3 libros son
pirateados. Un autor que haya vendido 1000 ejemplares podría vender muchos más
(no voy a decir 3000 porque parte de lo que se piratea ni siquiera llega a leerse).
Digamos que sino un 300% sí un 80%. 1800 ejemplares, una cifra nada desdeñable
para un autor nuevo al que casi no se le ha hecho publicidad, tal como están
las cosas.
La
piratería no es que no sea buena para los autores que empiezan; es que puede
acabar con su carrera antes de que si quiera pueda llegar a despegar. Y mientras
los mismos escritores no cambien la forma de pensar en cuanto al tema (distinto
es que el autor elija regalar alguna de sus obras) no avanzaremos en una
posible resolución del problema.

Porque
la solución no es autopublicar en formato digital. Los últimos estudios dicen
que el año pasado se publicaron en España más de 80000 títulos y todo el mundo
(escritores, editores y lectores) se echa las manos a la cabeza por la enorme
cantidad que eso supone. Hay muchas más oferta que demanda (uno de los
problemas del sector). El escritor novel no accede al mercado, y entonces se va
al mercado digital, a Amazon especialmente. ¿Y cuántos libros se publican en
Amazon? Pues en los últimos 30 días, casi 56000. En dos meses, se supera en
Amazon la cantidad de libros publicados en papel. Al año, en Amazon, siguiendo
esa proporción, 672000 títulos.
Si
prefieres arriesgarte, estás en tu derecho. Algunos lo hacen y les funciona
bien. De allí salieron el año pasado los 5 de B de Books. 5. De entre 672000.
Suerte.