domingo, 13 de mayo de 2012

LA PREDICCIÓN DEL ASTRÓLOGO


En noviembre terminaba de escribir mi última novela. Se titula LA PREDICCIÓN DEL ASTRÓLOGO, y está ambientada en el siglo XI, en una Sevilla convulsa que pretende convertirse en el mayor reino de Al-Ándalus.

Me llevó dos años escribirla, desde el momento que empecé a darle forma a la idea hasta el punto final.  Es una historia de amistad y amor y de lo que estamos dispuestos a hacer para conseguir nuestros objetivos. Incluso para vengarnos.

Si todo va bien, dentro de muy poco tiempo podré dar buenas noticias sobre la novela. De momento, aquí dejo un pequeño fragmento.

La desesperanza me rodeaba como una manta calurosa; mi piel se quemaba; mis ropas terminaron de hacerse jirones. Pero era en mi interior donde me asomaba al verdadero abismo. No pensaba en lo que me esperaba más adelante, sino en lo que había dejado atrás.

No podía dejar de ver a Atira en manos de otro hombre, alguien a quien no amaba. Lloraba cada uno de los besos que no había podido darle, que jamás podría darle; cada caricia que recibiría su piel levantaba llagas en la mía, y el ardor que sentía en mis entrañas era más abrasador que el abrazo del sol. ¿Por qué iba a preocuparme de lo que le pasara a mi cuerpo en aquel viaje si mi vida había dejado de tener importancia?

Huí de Silves por amor, atravesé reinos y ciudades para encontrar el olvido a las puertas del desierto; justamente allí, dónde casi nada puede crecer, fue donde volvió a florecer mi corazón. Y cuando ya acariciaba la felicidad, lo había perdido todo nuevamente.

Ni siquiera era consciente del paso de los días. Simplemente caminaba con la cabeza clavada en mis pies, trotando siempre, como si hubiera dejado de ser persona y no fuera más que la cáscara de una nuez rellena con la única voluntad de llegar a un lugar en el que ser quebrada.

A mi alrededor hablaban los guardias, restallaban los látigos y gemían los hombres, que clamaban por agua y comida cuando las lenguas aún estaban frescas. Y mientras todo eso ocurría, yo trotaba en silencio por aquel lugar que debía formar parte del itinerario que tomó el Profeta cuando visitó el Infierno.

Un amanecer tras otro.

Miles de pasos detrás de otro esclavo.

Con los labios resecos y la piel cuarteada, los andrajos rozando las llagas que nos cubrían.

Con los hombros llenos de ampollas y los pies plagados de heridas.

Y la imagen de unos ojos enmarcados por unas cejas como alas de gaviota revoloteando en mi cabeza.

Porque allí, bajo el sol abrasador del desierto, sentí de nuevo el gélido vacío que te envuelve cuando una persona que estaba destinada a ser importante en tu vida sale de ella de repente.

Así cruzamos la Hamada del Draa y Tinduf: desollados, sedientos y hundidos. Muchos con las espaldas marcadas por los latigazos, aunque los guardias conocían bien su trabajo y no golpeaban para debilitar más al que caía, sino con la fuerza justa para que el dolor le hiciera levantarse y retomar su camino.

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